Marca Trump y la opa demócrata

Piense en las marcas más fuertes del mundo.

Apple, Coca-Cola, Ferrari, McDonalds, Amazon… Todas ellas reinan en un contexto de extrema complejidad política, económica y social; un contexto en el que “el poder ya no es lo que era”, como afirma el escritor galardonado con el Premio Ortega y Gasset, Moisés Naím.

¿Cuántas marcas aparecen ante nuestros ojos cada día?

¿Cómo ha afectado la globalización a la distribución de las empresas?

¿Cómo es posible mantener la fidelidad de un consumidor que tiene a su disposición tantísimas alternativas y que cada vez muestra mayor desconfianza a la hora de decidir su compra o decidir su voto?

Ciertamente, cada vez es más difícil que una marca prevalezca sobre todas las demás. Por no mencionar que, con la eclosión de las redes sociales y los medios digitales que han aumentado las cuotas de libertad de acceso a la información, cualquier noticia negativa puede viralizarse en cuestión de minutos y destrozar la reputación de una marca consolidada durante décadas.

Estas marcas con relato, poder e influencia social tienen algo en común; sus valores, aquellos beneficios que pueden aportar para cubrir una necesidad, son claramente identificables por la gran mayoría de los consumidores. Unos consumidores que conciben estas marcas como parte de su vida cotidiana, ya que reciben impactos comunicativos sobre las mismas con una frecuencia mucho más alta que las del resto de la competencia.

Sin embargo, además de unos valores sólidos, estas marcas tienen otra cosa en común; ninguna de ellas supera en popularidad y fascinación mediática al presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump.

La marca Trump también lleva construyéndose durante décadas, si bien en un escenario que pivota sobre el sector inmobiliario, la frontera entre políticos y empresarios vía financiación de las campañas electorales y los platós de entretenimiento donde el magnate neoyorquino hablaba de sus proezas económicas, de su orgullo de ser padre, de haber logrado seducir a tantas mujeres…

Los valores de esta marca (fuerza, seguridad, prosperidad, masculinidad…) fueron claramente reconocibles durante la campaña electoral de las elecciones presidenciales y siguen siéndolo a mitad de su mandato gubernamental. Y ello pese a las turbulencias que existieron entre los dos bandos del “Consejo de Administración” de su “nueva empresa”.

El primer bando, comandado por la facción Goldman Sachs. Ivanka Trump, Jared Kushner y aquellos secretarios proclives a un discurso más moderado y “presidencial” por parte de Trump.

El segundo bando, comandado por la facción populista de Steve Bannon, Miller y aquellos miembros del gabinete que apostaban por mantener el discurso rupturista con raíces en la “derecha alternativa” para conservar el poder de cara a las próximas elecciones.

Esta guerra soterrada se saldó con la victoria de la hija del Presidente, si bien la espontaneidad de Trump ha dado rienda suelta, en no pocas ocasiones, a los instintos populistas que se pretendían desactivar.

En cualquier caso, superadas estas guerras entre miembros del consejo, la marca Trump es una de las más populares del mundo y se ha demostrado a prueba de balas.

Los demócratas, que antaño cimentaron un imperio de poder bajo el carisma del presidente que más y mejor uso ha hecho de la comunicación política durante sus años de mandato (Bill Clinton tocando el saxo, no el sobrevaloradísimo Obama) tienen una marca débil. Una marca con valores ya poco reconocibles para la gran mayoría de los ciudadanos debido a la connivencia de sus líderes con el establishment de Wall Street frente a un outsider como Donald Trump. Si bien existen honrosas excepciones como Alexandria Ocasio-Cortez, que se vislumbra como un revulsivo para la marca de cara al futuro una vez atesore algunos galones como Congresista.

Mientras tanto, Nancy Pelosi, uno de los máximos exponentes de ese establishment demócrata que tanto disgustó a las bases del partido en las pasadas elecciones presidenciales, está siendo la encargada de capitanear una opa hostil a los votantes de Trump a través del mecanismo del impeachment. Un impeachment que se sustenta sobre acusaciones de “abuso de poder” y obstrucción de los poderes del Congreso y que podría ser votado antes del 20 de diciembre. Si el impeachment es aprobado, le tocará al Senado de mayoría republicana decidir si cesa a Trump. Un imposible.

La reacción de Trump no se ha hecho esperar: “Si quieren hacerme un impeachment, que lo hagan pronto”.

¿Les suena? Fuerza, seguridad y masculinidad frente a lo que él retrata como el establishment corrupto de Washington, la “ciénaga” que prometió “drenar” si llegaba a la Presidencia.

Para la marca Trump, el impeachment puede ser incluso conveniente, ya que esta opa demócrata reforzará los valores de su marca de cara a las próximas elecciones presidenciales. No obstante, la opa también puede tener efectos positivos sobre la marca demócrata, ya que podría revitalizar sus acciones a la baja tras la marcha de Barack Obama.

En un año saldremos de dudas.

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