¿Sirven para algo las noticias falsas? La máscara de oxígeno de Trump

Publicado en Beers&Politics. Escrito junto a Xavier Peytibi.

Bane, villano en los cómics y las películas de Batman, tiene como objetivo derrocar a las élites y al establishment de Gotham, y lo quiere hacer a través de la revolución, a través de la violencia y del fuego. Limpiarlo todo para empezar de nuevo, para devolver el poder a la gente. Y es por ello que su figura es tan usada en la cultura pop del movimiento alt-right estadounidense, del mismo modo que usan la metáfora de la pastilla roja de Matrix para hablar de no caer en las “garras” del progresismo feminista, junto a mucha otra simbología, incluyendo memes como la rana Pepe, como indicamos en nuestro libro Cómo comunica la alt-right. Todo ello ayuda a reforzar su argot interno y sus comunidades online. Estas metáforas sirven de guía para la cerrada comunidad alt-right. Pero Bane es especialmente importante en el sentido que ejerce de líder al que percibir como inspiración de lo que habría que hacer en el contexto actual, con una sociedad decadente y abocada -en su opinión- al miedo, al falso progresismo y a la corrección política. Bane es, además, el único que pone finalmente en verdaderos apuros a Batman. 

El villano, que luce una máscara para poder respirar, también usa determinadas frases que se han convertido en parte de la iconografía radical en Estados Unidos, por ejemplo, “el fuego se eleva” (frase repetida por manifestantes ultraderechistas en algunas protestas violentas) o “tomamos Gotham de los corruptos, de los ricos…y te lo devolvemos a ti…el pueblo”. Precisamente, en el discurso de investidura de Donald Trump, en 2017, escrito por Steve Bannon y Stephen Miller -ambos vinculados a la alt-right– el ya presidente dice: “Hoy no solo estamos transfiriendo el poder de una administración a otra o de un partido a otro. Estamos transfiriendo poder de Washington D.C. y te lo devolvemos a ti…el pueblo”. Una frase que nadie vio extraña, pero que fue celebrada de inmediato por toda la comunidad alt-right. Era un claro guiño hacia ellos, hacia sus activistas, hacia su modo de pensar. 

Ese día de enero de 2017 empezaba la legislatura Trump, y terminaba su campaña electoral. En ella, Politico estimó que el entonces candidato republicano promediaba una mentira (o error de apreciación o exageración) cada cinco minutos de discurso. Pero no era algo nuevo, tal como cita Michael X. Dell Carpini en un capítulo del libro Trump and the MediaPolitiFact indicó en un análisis que casi el 70 por ciento de las declaraciones verificables de Trump hechas entre febrero de 2011 y abril de 2017 no decían toda la verdad, o, directamente, eran mentiras descaradas. 

¿Para qué sirven las noticias falsas?

Esas noticias falsas, que no han cesado tampoco durante los casi cuatro años de legislatura, le permitieron obtener notoriedad y reforzar a su comunidad de afines. Porque es, realmente, lo que la desinformación consigue: retroalimentar las ideas de las personas ya muy politizadas, que se creen todas esas noticias por muy extrañas que nos parezcan. Porque en un mundo donde la emocionalidad ha adquirido mucho más valor que la racionalidad, al menos en redes sociales, el concepto de posverdad nos recuerda que, a veces, la verdad puede convertirse en irrelevante siempre que concuerde con nuestras creencias, porque no se confía en los medios, ni en los políticos, ni en los gobiernos, ni en las instituciones. Y aún menos desde el populismo. Y las fuentes donde nos informamos son cada vez más polarizadas y sensibles con nuestra comodidad cognitiva. Como indica Marc Amorós en su libro Fake News (2018), “si llegamos al punto donde no sabemos discernir qué es verdadero y qué es falso, solo nos creeremos aquello que confirma nuestra opinión”. 

Es a este público al que se dirigían las noticias falsas que Trump usaba -y usa-, al igual que es a su propio público a quien se dirigen los populismos de cualquier tipo. Porque esas noticias tienen sentido en esa comunidad online, y serán compartidas, y porque en un contexto de polarización ningún miembro de esa comunidad va a ir a Google a verificar si es o no real, si encaja perfectamente en su manera de entender al mundo y a la política. 

¿Y si salen de las burbujas?

La buena noticia es que la mayoría de esas noticias falsas no salen nunca de esas burbujas. Sólo algunas lo hacen y ponen en peligro el modo en que se entiende a la democracia, porque ocupa la agenda pública o política. Como explica Antoni Gutiérrez-Rubí (2018): “Ocupan la atención, que ocupa tiempo y estimula a compartir. Para lograr una influencia instantánea, para ser distribuido: mientras te tengo ocupado con comida basura informativa, no te dejo tener otras ideas e impulsos”. 

Si esas noticias son medianamente creíbles, pueden impactar y ser creíbles también para esas personas indecisas aún fuera del líquido amniótico que proporcionan las burbujas online. Pero no suele ser lo habitual. Por fortuna, fuera de las burbujas la gran mayoría de esas noticias no tienen rango de realidad. Tan sólo la ciudadanía muy politizada las comparte y las da pábulo en sus círculos. Como dice Andrés Elías en La campaña de contraste digital(2019), investigadores de las Universidades de Darmouth, Princeton y Exeter hicieron público un análisis de los historiales de navegación de miles de adultos durante el periodo previo a las elecciones de 2016 en Estados Unidos. De acuerdo con el estudio, el alcance de las noticias falsas era amplio, pero también superficial. Uno de cada cuatro consumidores de noticias en Estados Unidos vio al menos una historia falsa, pero incluso los más entusiastas consumieron mucha más información verídica que provenía de otros sitios web, periódicos, redes y otras fuentes digitales. 

La desinformación se convierte, así, en una guerra cultural. Comunidades politizadas creen en esas noticias y las comparten sin mirar si son reales. A su vez, intentan que sobrepase las fronteras de esas propias comunidades -o burbujas-, para impactar en la agenda pública. Es una lucha constante de narrativas que intentan hacerse creíbles y visibles. 

Se necesita un medio

Pero, para una candidatura -o gobierno- que quiera usar esas noticias falsas, hay un problema importante y muy poco analizado: necesita un medio de comunicación para difundir de modo más creíble esas noticias y para apoyarse en ellas. No puede usar un meme, ni una infografía de Twitter. Necesita algo más. Esta realidad fue demostrada en 2019 en un estudio de la Cátedra Ideograma-UPF de Comunicación Política y Democracia, mediante el cual se evaluaba la credibilidad de los diferentes formatos y canales a través de los que la ciudadanía se informa políticamente. El trabajo mostraba claramente que se comparte más lo que se recibe si se percibe que es de una televisión o de un medio de comunicación. Los medios continúan conservando un alto índice de credibilidad. La noticia televisiva, por ejemplo, es un 70% más creíble que la información en formato infografía de WhatsApp y una noticia en formato prensa digital lo es un 50%. Ello explica la importancia de tener un medio para obtener más credibilidad a lo que se dice, aunque se trate de apoyarse en desinformación.

El ejemplo paradigmático lo tenemos en Donald Trump, quien en la campaña de 2015-16, y desprovisto de apoyos mediáticos con los que habitualmente habían contado los candidatos republicanos a la Presidencia (como Fox News), convirtió a Breitbart News, la gran plataforma de la alt-right capitaneada por Steve Bannon y Milo Yiannopoulos, en su medio de cabecera.

El oxígeno

Pero la elección de Breitbart News no solo dotó a Trump de una fuerza de choque en las redes sociales, capaz de saltar al primer plano de la política al lograr la sobrerreacción de los progresistas (puesto que al crear tanta controversia consigue gran apoyo de los suyos pero gran ataque de los adversarios, y todo ello conlleva notoriedad en redes y en medios). De hecho, esta decisión del entonces candidato fue, además, una máscara de oxígeno durante toda la campaña al no haber otros medios que informaran “a su favor” ni se hicieran eco de su amplia gama de frames, lenguaje populista, antagonismo (todos contra él) y teorías de la conspiración; una máscara que recompensó con creces con la designación de Steve Bannon como jefe de campaña.

En las redes sociales, y por mucho que Trump vaya por libre a la hora de lanzar sus mensajes públicos, es evidente que tener un medio de comunicación que defendiera sus teorías de la conspiración o incluso creara nuevos marcos interesantes a explorar por su equipo de campaña, suponía todo un activo en una carrera electoral tan ajustada. Para un candidato, tener un medio de comunicación afín en momentos de dificultad es algo que garantiza la legitimidad ante los votantes propios y los del adversario y genera narrativas constantes de las que se retroalimentan las ruedas de prensa, mítines y vídeos en las redes sociales para reforzar y ampliar horizontes electorales. 

Durante estos cuatro años de mandato presidencial, el tamaño de la máscara de oxígeno de Trump no ha hecho sino crecer, ya que, además de los medios habituales de la alt-right como Breitbart News, Infowars y un colorido etcétera, los medios de comunicación tradicionales (ahora sí) también se han hecho eco proactivamente de su desinformación y teorías de la conspiración, hasta tal punto que llegan a interpelar al presidente sobre ellas. No se trata, pues, sólo de aprovechar la desinformación para movilizar a sus seguidores, sino que Trump ha conseguido, a través de su apoyo en los medios, hacer de esa misma desinformación algo básico en su comunicación: su apoyo discursivo, una narrativa de un mundo paralelo que engloba toda su acción presidencial. Sin esas noticias falsas, su discurso queda, en muchos momentos, desnudo. 

De este modo, las noticias falsas se convierten en su máscara de oxígeno, al igual que la máscara que usa el villano Bane, y ello ha permitido a Trump sobrevivir en su batalla frente al establishment y mantener su legión de fieles votantes, quienes creen a pies juntillas lo que su líder les dice, porque él tiene razón, porque ellos creen lo mismo, y porque lo dice un medio de comunicación. Bane estaría orgulloso.

Artículo publicado originalmente en Beers&Politics

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