El retorno de Trump

No nos engañemos: Donald Trump ha llevado a cabo una campaña extraordinariamente eficaz.

En primer lugar, porque ha identificado perfectamente la necesidad de que el candidato sea competitivo electoralmente en los swing states y ante los afroamericanos y latinos.

En segundo lugar, por presentar a un candidato lleno de energía y autenticidad (ha sacado petróleo hasta de su convalecencia por coronavirus), que ha contrastado con un Joe Biden que, para los periodistas, se ha mostrado escurridizo y parapetado por la emergente figura de Kamala Harris.

Y, en tercer lugar, la campaña ha sido efectiva porque se ha rebelado contra los malos augurios que adjudicaban a Biden una mayoría abrumadora o, en su defecto, bastante holgada, revistiendo al demócrata de un aura de vencedor con el objetivo de lograr el clásico efectobandwagon (en pocas palabras; la gente intuye un claro ganador y se sube al carro). Por eso que dicen las malas lenguas de que a nadie le gusta engrosar las filas de un perdedor.

La realidad es que, pese a que a estas alturas aún no hay un claro vencedor en las elecciones, la marca Trump sigue siendo sinónimo de popularidad y éxito electoral, aumentando en más de 5 millones de votos sus resultados de 2016 después de cuatro años de polémicas y mala imagen ante los medios de comunicación.

Ahora, Trump ha iniciado una batalla legal e insiste machaconamente en que los demócratas están cometiendo fraude para robarle las elecciones. Pese a que muchos ponen el grito en el cielo, estamos asistiendo al orden natural del relato del candidato.

La gran acusación final de que Biden ha cometido fraude electoral es el colofón al relato de un candidato antiestablishment que ganó las elecciones en 2016 enfrentándose al “partido de Davos” y la “ciénaga de Washington”. Es la cristalización de la amplia coalición que une a la alt-right y los conservadores mainstream; la fotografía que congela el trumpismo por si su hija Ivanka tuviera a bien recogerlo en 2024, o por si él mismo se ve con ánimos de volver a recuperar la vida que le robaron, como el conde de Montecristo.

Pero nuestros ojos no sólo deben posarse sobre la dinastía Trump, pues cabe preguntarse si un Partido Republicano tan desorientado y que ahora cuenta con congresistas que defienen la teoría de la conspiración de Qanon puede desentenderse del legado de quien ha cambiado la política para siempre dejando huella en la conciencia de los ciudadanos.

Recogía el otro día La Vanguardia que, según los nuevos estudios de Variedades de Democracia, los republicanos se han vuelto “más populistas y menos liberales” bajo la dirección de Trump que en cualquier otro momento de la historia reciente.

Otro aspecto a tener en cuenta: el desborde del río de la alt-right, la fuerza de choque del populismo de derechas que llama a sublevarse frente al fraude de los demócratas. El propio Steve Bannon, uno de los líderes más mediáticos del movimiento, ha dicho que “pondría en una pica la cabeza de Fauci y el director del FBI” como advertencia frente a los “burócratas federales”.

Finalmente, sea cual sea el resultado de los recuentos o de la batalla legal, las raíces de Trump son demasiado profundas como para que alguien pueda arrancar el árbol.

Si al final sube sus pertenencias de la Casa Blanca al camión de la mudanza, la pregunta es: ¿cómo y cuándo se producirá el retorno de Trump?

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